jueves 26 de enero de 2012

La casa de los náufragos, una joya literaria que aún no ha sido reconocida

Admiradora de la prosa de Ruiz Zafón, a finales de 2011 le propuse a Inmaculada imitar el artificio literario que Daniel Sempere desarrolla en La sombra del viento, donde el joven, a instancias de su padre, rescata una novela de Julián Cárax sepultada en el Cementerio de los Libros Olvidados. De esta manera me sumergí en los anaqueles de una librería de Sevilla y me topé con Boarding Home (La casa de los náufragos), del cubano Guillermo Rosales. La novela, publicada en la editorial Sihuela, no supera las 100 páginas, pero en su brevedad es todo un compendio de prosa pura y desnuda. Su simplismo y sencillez denotan la maestría narrativa que llegó a adquirir el malogrado escritor (se suicidó en 1993).

Como a Sempere la Sombra del Viento, La casa de los náufragos ha supuesto un hallazgo para mí. La novela se bebe como un licor dulce y suave por su estilo, aunque su argumento deambula por derroteros más siniestros. Boarding home es, en realidad, una novela autobiográfica: William Figueras es el alter ego de Rosales. Ambos, convertidos en despojos de la sociedad cubana, desechados por sus propias familias (burguesas), terminan en una casa de acogida, un hospicio para enfermos mentales en Miami donde lo cotidiano es el hedor a orín, la violencia, el abuso y la suciedad. Con un realismo visceral como el que describe Roberto Bolaño en Los detectives salvajes, Rosales no duda en llamar a cada cosa por su nombre y termina componiendo un relato sobrecogedor por la cruel realidad que indirectamente denuncia. Figueras recala en el hospicio y comparte la cotidianeidad de los locos con quienes convive, pero el local está regentado por el señor Curbelo, un mafioso que vive de las rentas que el Estado otorga a los inquilinos de su boarding home, donde nunca se repondrán las toallas limpias. Los locos viven inundados de sudor, orín, mierda y olor a tabaco.

William Figueras, el loco más cuerdo de todos, gran lector de los románticos ingleses y devorador de la obra de Hemingway, encuentra, no obstante, un atisbo de luz y salvación. Un día aparece una nueva inquilina, la señorita Francis, de quien se enamora. Es el único resquicio de felicidad que se respira en la novela. Por eso, ambos deciden abandonar el hospicio; sin embargo, cuando ya han encontrado una vivienda en alquiler donde vivir juntos, el señor Curbelo realiza la artimaña necesaria para que Francis no pueda salir del Boarding Home y poder truncar así la única vía de escape, el único momento de luz del protagonista y, por ende, de Guillermo Rosales. Ambos contemplan lo que muy bien definió Laura Esquivel en Como agua para chocolate cuando presenta su particular Teoría de los Fósforos: “todos nacemos con una caja de cerillas en nuestro interior, no las podemos encender solos, necesitamos oxígeno y la ayuda de una vela. Cada persona tiene que descubrir cuáles son sus detonadores para poder vivir. Por eso hay que permanecer alejados de personas que tengan un aliento gélido. Su sola presencia podría apagar el fuego más intenso, con los resultados que ya conocemos”. Qué duda cabe de que el señor Curbelo cumple aquí el papel de persona con aliento gélido.

El humor y el erotismo son también ingredientes esenciales de esta novela. Las descripciones que Rosales realiza de las cópulas que mantienen Figueras y Francis son sencillamente magistrales. Y el secreto de su éxito radica en, como he referido anteriormente, su simplismo, su prosa desnuda de retoricismos u ornamentos que destrozarían la imagen que el lector debe recibir cuando devora las líneas dedicadas a ello. El humor se combina también con ciertas dosis de realismo mágico en diversas escenas en las que aparece Fidel Castro para ser satirizado y convertido en un muñeco de guiñol a modo del esperpento valleinclaniano.

La casa de los náufragos es, sin duda, un clásico imprescindible de la literatura cubana contemporánea. Algunos se han apresurado a comparar su autor con el mexicano Juan Rulfo. No creo que ambos estén a la altura. Lo que sí es cierto es que La casa de los náufragos merece ser rescatado del Cementerio de los Libros Olvidados, de hecho obtuvo el voto favorable de Octavio Paz en el certamen literario donde Rosales participó en 1987. Valga, pues, mi granito de arena por mor de su divulgación. 

domingo 13 de noviembre de 2011

Profesores buenos y alumnos malos y viceversa

Con los años, y la experiencia que otorgan los años, se llega a la conclusión de que el fracaso escolar no depende de que existan profesores buenos o malos (que, evidentemente, los ha habido, los hay y los seguirá habiendo). Los pedagogos se han empeñado en categorizarnos, pero hace unas décadas un alumno bueno era superior a sus circunstancias y demostraba sobrevivir con excelentes expedientes pese a la mala fortuna de un profesional nefasto. Yo, en mi época de estudiante, tuve que vivirlo. Lo que sucede en la actualidad es que, a diferencia de épocas anteriores, es obligatoria la enseñanza hasta los 16, y eso implica convivir con los que no quieren estudiar y actúan de manzana podrida que contagia al resto del aula. Puedo decir, a boca llena, que los repetidores de antes son más brillantes que los mejores alumnos de hoy (salvo ciertas excepciones, claro está).



Y sucede que la postobligatoria (Bachillerato) se ha contagiado de la crisis. La escasa salida laboral, el fracaso escolar procedente de la obligatoria y las paradojas de los tiempos (otorgar beca a los bachillerandos en tiempos de agonía económica) permiten que las aulas de primero de Bachillerato se masifiquen con alumnos que sólo pretenden matar el tiempo para no dedicarse toda la mañana a hacer la 'o' con un canuto en casa y, de paso, embolsarse, en muchos casos, unos euritos a costa de Papá-Estado. Todo se traduce en más fracaso escolar y menos calidad en la enseñanza. ¡Díganme qué hago yo con 40 alumnos en clase, donde los que se sientan en las últimas filas tienen que levantarse todo el rato para ver qué he escrito en la pizarra! ¡Eso por no hablar de que la mayoría de ellos se dedica a charlar y a distraerse en clase!

sábado 12 de noviembre de 2011

Educación para el desarrollo


Desde el final de la Guerra Fría nadie discute que cuando Estados Unidos estornuda, Europa se resfría. Lo mismo sucede con África cuando Europa se constipa de una crisis mundial que va camino de superar, con creces, el crack del 29. Si bien en tiempos de bonanza la hambruna de África se había tratado como un tema colateral (no olvidemos el gran vacío informativo en Occidente en torno a los problemas de África), ahora que la epidemia del paro y el hundimiento de las bolsas se ha apoderado del Primer Mundo, imaginen qué comino puede importarnos. Mientras unos se mueren de hambre, otros se tiran de los pelos por los vaivenes de los especuladores. Como decía Rosa Montero, en efecto, es el fracaso del mundo.



Ahora bien, la hambruna en África es un problema que sienta sus bases en factores de diversa índole: unos ajenos al hombre; otros provocados egoístamente por él. Entre los primeros figuran las idiosincrasias del clima. Como apunta José Carlos Rodríguez Soto en ‘En clave de África’ (www.periodistadigital.com), “en el caso de Somalia está claro que el origen de este desastre hay que buscarlo en la durísima sequía que asola esta región desde hace años. Y las cosas se agravan con el estado de guerra que se vive en el sur del país, donde los rebeldes islamistas de Al Shabab no permiten la entrada a las agencias humanitarias y además niegan que haya hambruna”. No obstante, el origen de esta terrible situación obedece a causas del pasado: el imperialismo del siglo XIX, que supuso el reparto de África en Europa y el pisoteo de las formas tradicionales de agricultura y pastoreo. Mario Vargas Llosa, en su última novela, El sueño del celta, da buena cuenta de ellos cuando narra sin tabúes la bestial explotación del caucho en el Congo belga.
Pero la erradicación de la hambruna en Somalia, en África, en el Tercer Mundo... no pasa por alimentar bocas cada vez que saltan las alarmas. Como todo en esta vida, la solución parte de la Educación. Educación para cambiar el sistema de pensamiento y hacer saltar la chispa que desde el año pasado ha brotado en los países orientales (Egipto, Libia, Túnez...); educación para dotar a los africanos de un sistema propio de subsistencia. Ellos no necesitan alimentos digeridos, necesitan más bien instrumentos, herramientas, métodos para construir un futuro más alentador.

sábado 11 de junio de 2011

Hacia las tres virtudes

No me basta con la bondad, me persigue el tormento de la beldad. Tormento y éxtasis. Explosión y desgarro. Es ella, la belleza, me supera, me esclaviza. Aún soy esclavo de mi estética, de mis cánones, de mis prototipos, de mis paradigmas... ¿Por qué no conformarse con la bondad y la verdad? ¿Es posible aunar las tres virtudes? ¿Un nuevo Ícaro? El alma, atormentada. 

sábado 23 de abril de 2011

Rebelión en la granja, fiel retrato de la psique humana

Estoy terminando la lectura de Animal Farm (Rebelión en la granja), del escritor británico Eric Arthur Blair, más conocido por su pseudónimo literario de George Orwell. La novela fue publicada en 1945, aunque el escritor la había compuesto entre noviembre de 1943 y febrero de 1944. Los editores, condescendientes con la revolución rusa, la desecharon, pero tras la caída del führer alemán, la editorial Secker & Warburg se apuntó el éxito seguro: antes de que Orwell muriera, en 1950, el libro había sido traducido a nada menos que 16 idiomas.



Como digo, aún no he terminado su lectura, pero 66 años después me parece que el retrato de la psique humana que el autor británico realiza sigue aún prevaleciendo. Animal Farm narra, a modo de fábula extensa, la historia de una rebelión-revolución, la rusa-humana, por la lucha de la igualdad. El propósito es conseguido y se establecen siete mandamientos del nuevo sistema: 

1. Todo lo que camina sobre dos pies es un enemigo.
2. Todo lo que camina sobre cuatro patas, o tenga alas, es un amigo.
3. Ningún animal usará ropa.
4. Ningún animal dormirá en una cama.
5. Ningún animal beberá alcohol.
6. Ningún animal matará a otro animal.
7. Todos los animales son iguales.

Los cerdos son los encargados de velar por el cumplimiento, pero como en toda casa de vecino, quien inventa la ley, inventa la trampa. Y donde digo 'digo', digo 'Diego'. Los cerdos, comandados por el capitán Napoleón (parodia de Stalin), comienzan a entablar relaciones comerciales con los humanos, terminan utilizando ropa, duermen en camas (pese a que luego inventen la coletilla de dormir en cama, pero "sin sábanas") y beberán alcohol (aunque "no en exceso"). Los animales terminarán matándose unos a otros, y aunque todos son iguales, hay animales que "son más iguales que otros".

Así sucedió, verbigracia, con la historia del Cristianismo: el único que existió en estado puro murió en la cruz. Más tarde, la Iglesia se encargó de velar por el cumplimiento de los mandamientos y terminó, como los cerdos, convirtiéndose en artífice de cruzadas y crímenes (Santa Inquisición).

Y así sucede con todo aquello que comienza: con el paso de los años termina pervirtiéndose y perdiendo su esencia original. Por eso, Rebelión en la granja nos enseña que difícilmente podrá existir una sociedad igualitaria que sea eterna, que allá donde se instaure una clase gobernante (aunque sus principios sean benévolos), siempre existirá la injusticia y la desigualdad.