Una ley no es más que un trozo de papel escrito cuyo fin no debiera ser otro que velar por la seguridad y el bienestar de los ciudadanos, especialmente los más débiles. Sin embargo, en muchas ocasiones se convierte en un documento mancillado por la insensatez de quienes se encaraman en el poder. Cuando esto último sucede, el individuo se encuentra aprisionado, el aparato legal del Estado lo oprime. En estas situaciones no hay más alternativa que desobedecer las leyes humanas porque están infectadas de los males que porta nuestra raza: la ceguera, la estulticia, la idiotez, la tiranía, el fundamentalismo… Si una ley –pese a que el conjunto de la sociedad perciba clara y evidentemente que se está cometiendo un ultraje a todas luces contra alguien– condena al individuo, esa ley ha degenerado porque nació bastarda, nació impuesta y por lo tanto nunca fue concebida para defender, sino para atacar, porque bajo sus palabras subyace un contenido maliciosamente prem...
La sal en la herida