Hace unas semanas tuve que tragarme un reality show en el que una joven, tras recuperarse de un accidente de tráfico, había perdido la memoria y tenía que asistir lentamente a la recuperación de su vida anterior. La experiencia fue traumática porque se descubrió a sí misma bajo el prisma de la neutralidad que supone la autoevaluación sin prejuicios o desprovista de subjetividad. La chica descubrió que era un verdadero monstruo: engañaba a su marido con el marido de su mejor amiga y era odiada por sus compañeros de trabajo debido a su carácter autoritario y repelente. Como digo, la joven fue descubriéndose a sí misma, fue conociendo su propio yo como si fuera el de una persona ajena y llegó a la conclusión de que se había convertido en un ser repugnante y abominable. Fue el primer paso para pedir disculpas a todos y solicitarles su comprensión ahora que iba a comenzar su vida partiendo desde cero. En realidad había nacido de nuevo: nunca un accidente de tráfico grave fue tan beneficios...
La sal en la herida