He visto la fotografía de una niña pequeña que lloraba en Caracas. Era tan pequeña que no lloraba por la muerte de Hugo Chávez, sino porque su madre, que aparecía junto a ella en la imagen, lloraba desconsolada por la muerte del comandante. La chica lloraba porque todo el mundo a su alrededor lloraba, porque el desconsuelo y la resignación se contagia, lo mismo que el optimismo y la sonrisa, y más la carcajada, esa risa tonta que se reproduce descontroladamente porque lo propicia el entorno. Cuando la niña sea mayor comprenderá por qué la ciudad entera lloraba por un solo hombre. Ahora llora socialmente, como los fumadores que necesitan del tabaco para relacionarse. Cuando sea mayor, no obstante, comprenderá que aquel hombre ya no será el mismo por el que su madre lloraba, ni por el que lloraban los venezolanos. El mito habrá deformado la realidad igual que las pantallas de televisión y de lo...
La sal en la herida