Dicen que la leche que hemos mamado de pequeño –con la carga simbólica que ello conlleva– forja nuestra identidad en el futuro, pero cada vez tiendo a pensar que yerran quienes así lo consideran. La buena educación familiar está condenada a deteriorarse por la constante erosión que sufre en su contacto con la educación colectiva: la calle, los medios de comunicación, las instituciones, la clase política y financiera… Todo lo que se respira en el ambiente, ineluctablemente, nos hace desembocar en el crisol de un país cuyo ADN lleva escrito el marbete de la picaresca, la ruindad y la sinvergonzonería. Por eso siempre acaba imponiéndose el modelo educativo social que desde las altas esferas se diseña. Tenemos Bárcenas y Urdangarines porque es la educación colectiva que hemos mamado, tenemos Gürteles y Malayas porque también los ciudadanos de la clase media-baja han aprendido a corromperse con licenciosas prácticas que nos recuerdan a Lázaro de Tormes. Habría que suma...
La sal en la herida