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Temporeros y genios de la palabra

La buena literatura, la verdadera, se esconde tras una ciénaga de lacayos del idioma. Nómadas oportunistas de la pluma que traman historias para enriquecerse mientras la industria editorial se lucra de ellos en un proceso de retroalimentación con intereses encontrados. Aunque ambos se utilizan mutuamente, es sin embargo la empresa editorial quien controla definitivamente los resortes del contrato. Creo necesario discernir entre temporeros y genios de la palabra. Los primeros prescinden de la estética, se limitan a narrar acciones para sofocar las ansias de evasión de lectores despreocupados. Sus historias tienen una fecha de caducidad que no comprende más allá del tiempo que el usuario emplea en consumir el producto y, por lo tanto, el libro se convierte en una mercancía que entra al trapo de la fugacidad del “consumir y tirar” tan posmoderno. Las librerías están anegadas de títulos publicados por estos jornaleros a tiempo parcial, abruman las estanterías h...