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El peso de los hábitos

El peso de los hábitos adquiridos a lo largo de los últimos ocho años va a ser (está siendo ya, sin duda) el último escollo en salvar antes de que el nuevo “yo” haya sido construido hasta llegar a la línea emocional regular que proporcione la estabilidad requerida.
Pero me temo que va a ser tarea ardua. Estos días me atiborro de incesante actividad, trato de eludir la soledad de tal forma que el intelecto no trabaje a tantas revoluciones por minuto construyendo, a su paso, mundos siniestros y, lo más importante, que no fije su blanco en el pasado más inmediato, porque ello conduciría a la depresión. Aun así, el cuerpo necesita descanso, pero cuando cesa la actividad, de súbito vuelve a aparecer la delgada línea roja y la maquinaria mental vuelve a funcionar.
Es difícil pasar página después de tantos años de comunión con sentimientos tan puros... Y comienzo a pensar que hay que soportar, aguantar estos azotes estoicamente, como el árbol y la piedra de Rubén Darío en ‘Lo fatal’: “Dichoso el árbol que es apenas sensitivo, y más la piedra dura, porque esa ya no siente”.
Es inevitable recordar la compañía del ser amado, su presencia (incluso en la ausencia), su compromiso… Y todo ahora que la vida sonríe. Porque pese a arrollar todo anhelo puro que se ha presentado por el camino, la vida no para de obsequiarme, y ahora, en estas nuevas lides que se avecinan, lo hace con lo que antaño era imposible. Y lo hace con ropajes de bondad sin condiciones, como si respetara la máxima cristiana del amor a los enemigos, entregando recompensas incluso a quien, como yo, se ha portado mal.
Tengo miedo de no saber cultivar los talentos que se me conceden, porque siempre habrá épocas de vacas flacas, y entonces querré reír y no podré, querré llorar y no podré.
Pido perdón a quienes me amaron, a quienes yo amé, a quienes me odiaron y a quienes odié. Pido perdón a todos ellos, nada abstractos, muy concretos, hermanos en cuerpo y alma a los que mi paso por sus vidas ha dejado una secuela indeleble y han sufrido por mea culpa. Allende los mitos, existe un verdadero purgatorio, uno real por el que todos, incluso los más impíos, han de pasar. Ha abierto sus fauces ante mí, he sido llamado a la cena, y a pernoctar. Pero ya dijo el poeta libanés Khalil Gibran que "sólo llegamos al alba a través del sendero de la noche", oscura noche, que diría San Juan de la Cruz. Pero hay alguien que podría arroparme... ¿eres tú quien ha de venir?
Mi corazón está presto.

Comentarios

  1. Te leo y me alegro. No comprendo bien, me faltan datos, pero entiendo que estás en pleno proceso de maduración... Solo decirte que no niegues nunca tus verdades para que crezcan... porque en ellas es donde Dios Padre trabaja mejor...
    Un beso de una sombra del pasado:
    Eva

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