Fue el único día que desayunamos en el hotel. Esperábamos un buffet, pero nos encontramos un pequeño habitáculo donde apenas se podía respirar. Una camarera muy sonriente con rasgos magrebíes nos sirvió el menú, que consistía en un pequeño vaso de zumo de naranja, un chocolate que muy poco nos recordaba a nuestro añorado Cola-Cao, un croissant en proceso de endurecimiento, extrañas galletas y unos supuestos dulces franceses. Nos acompañaba una familia chilena que sólo acertó, en un mal francés, a decir: bonjour. Dijeron, ya en español de América, que era obligatorio visitar Monmartrè. Nosotros, para cultivar nuestras raíces, nos despedimos con un hasta luego muy coloquial.
Junto a Nôtre Dame
A la salida estábamos ansiosos por ver y hacernos una foto con las gárgolas, pero las inclemencias del tiempo nos impidieron acceder a lo alto de la catedral, de modo que nos dirigimos al barrio de Saint-Michel. Para protegernos del frío nos adentramos en una librería en la que compramos Le petit prince de Antoine Saint de Exùpery, una ortografía francesa y una pequeña antología de poemas franceses. Continuamos nuestro recorrido por Saint-Michel y nos perdimos entre libros de ocasión (¡sólo costaban 20 céntimos de euro!). Al mediodía comimos en un restaurante italiano muy afrancesado lingüísticamente.
En la Universidad de París (Sorbona), leyendo Le petit prince
Los jardines de Luxemburgo nos esperaban como postre. No obstante el verde brillaba por su ausencia, aunque desde allí ya vislumbramos, por primera vez, la Torre Eiffel, de modo que nos pusimos manos a la obra, no sin antes contemplar la Universidad de París en la Sorbona.
Mi compañero y yo, en lo más alto de la Torre Eiffel

Vista nocturna de París (río Sena) desde lo más alto de la Torre Eiffel
En un puente sobre el río Sena, y al fondo la Torre Eiffel iluminada.
Al concluir la experiencia, descendimos con las vegijas a punto de estallar. No era de recibo miccionar desde lo alto de la torre y adelantar la lluvia dorada a algún turista, así que, como fuimos incapaces de encontrar un local con aseos, no tuvimos más remedio que recurrir a un túnel subterráneo vigilando que nadie apareciera. El chorro fue interminable.
Aquella noche comimos en un McDonald del Barrio Latino. Regresamos al hotel, nos adecentamos y volvimos al Barrio. Mohamed, no obstante, previamente nos había recomendado una discoteda situada junto al cine Rex en Poissonière que visitaríamos al día siguiente.
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