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Ciencia desnaturalizada


La ciencia nos guía, nos conduce por caminos insospechados. La medicina es la ciencia que más satisfacciones nos ha aportado: gracias a ella hemos logrado situar la esperanza de vida en los 80 años de media y erradicar, además, enfermedades otrora mortales. Si bien al principio los avances médicos sólo estuvieron al alcance del capital, más tarde, con la democratización de la ciencia, llegaron hasta las capas más bajas gracias a la instauración de un sistema público sanitario. Así nació y floreció la industria farmacéutica, que se enriqueció “a costa de” mejorar la salud de los ciudadanos. Hasta aquí lo admisible, otro cantar es cómo la industrialización de la ciencia se ha convertido en un fenómeno en el que la salud humana ha salido perjudicada para beneficiar los intereses económicos de aquellas empresas que se dedican a comercializar con el progreso científico.



La obsesión por la dieta y el adelgazamiento engendró la invención de una industria basada en la desnaturalización de los alimentos al desgrasarlos o desnatarlos, desalarlos, desazucararlos o descafeinarlos, y tanto “des” terminó por sustraer las vitaminas que estos componentes suprimidos aportaban. La pasión por las tecnologías llenó los hogares de máquinas que agilizaron la vida, las comunicaciones, el trabajo y el ocio, pero tanto sedentarismo terminó por convertirse en la principal causa de obesidad. La industrialización del sector alimentario nos llenó las despensas de panes duros y saturados de química, de envases de plásticos, de tuppers o  latas de conservas con Bisfenol A, una sustancia que se ha encargado de desatar enfermedades como la diabetes, la infertilidad, el cáncer de mama o de próstata.
Nos hemos olvidado del homo animalis para adorar al homo sapiens, y en estas tribulaciones me asalta el viejo debate de lo antiguo frente a lo nuevo: ése que nos lleva a dilucidar si preferimos el pan industrial barato de hoy o el pan artesanal de antaño, más caro, pero a la larga más económico para nuestro corazón; si preferimos que nuestros hijos jueguen en la calle –aunque sea cada vez menos segura– antes que gastarnos una fortuna en endocrinos y psicólogos; o si preferimos hablar de tú a tú en el banco de la plaza o tal vez al calor de un buen vino, a convertirnos en autómatas paralizados frente a una pantalla de teléfono móvil mientras la Tierra gira alrededor del Sol.

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