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La emoción de los jardines nevados de Versalles

5 de enero
Fue, tal vez, el día que mayor ilusión (ilusión infantil) nos causó porque, en efecto, vimos y sentimos la nieve. Fuimos a ver el Palacio de Versalles, pero el lujo que prometía este colosal monumento se desvaneció cuando un guarda de seguridad nos informó que era lunes, y los lunes cierra el palacio sus puertas a los turistas. Pero no importó, porque el verde de los jardines de Versalles se convirtió en un blanco pulido y al mismo tiempo mullido.

En la nieve, delante del Palacio de Versalles

Nuestro primer contacto con la nieve fue en los andenes de la estación de tren. Allí dimos rienda suelta a los sueños de la infancia y comenzamos a lanzarnos copos de nieve. Para continuar con el ahorro, volvimos a almorzar en un McDonald, y hasta la caída del crepúsculo todo fue revolcarse por la nieve. No podíamos pasar la ocasión sin darnos el gustazo de realizar un muñeco de nieve (Andrés fue quien insistió; yo andaba un poco apático), y al final hicimos nacer a Versualdo, que así bautizamos a nuestro "abominable muñeco de las nieves". Versualdo: por aquello de que fue construido en pleno Versalles.

Con Versualdo, nuestro primer muñeco de nieve


Era de noche y volvimos a París para observar la fachada de la Ópera Nacional y visitar las famosas Galerías Lafayette: otra decepción. Al parecer, los parisinos (no sé si se puede extrapolar a toda Francia) concentran todos sus productos comerciales en un solo lugar: todas las galerías contenían solamente bolsos de piel, ropa y calzado. Habíamos planeado comprar algunos regalos allí, y finalmente decidimos hacerlo en los Campos Elíseos.


Tras la cena decidimos volver al hotel y tomarnos la última noche en París con relajación, y eso significaba volver al comienzo, volver a Chez Jeanette, donde entre sorbos de cerveza clerical y cocacolas de tercio recordamos amores pasados y lanzamos un suspiro al aire para brindar por las nuevas esperanzas.

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